En toda presentación de trabajos para un Congreso existe la presunción que en él se podrá encontrar mínimamente la ampliación sobre algún tema que aquí ocupe.
Sin embargo en este caso si algo de esto pudiera encontrarse lo esencial pasa por un homenaje que creí necesario (de ahí el título del trabajo) hacia una disciplina que aún sin carteles, desde mi punto de vista está incluido en el quehacer de muchas comunidades terapéuticas. Quizás justamente esta presencia-ausencia sea el nudo de esta presentación.
Convendrá entonces hablar de una determinada ética que sostiene la teoría psicoanalítica que se expresa en su quehacer y supone reconocimiento fortalecimiento o rectificación de la posición del sujeto respecto de su deseo. Apunta a descubrir la dimensión oculta del deseo en el enigma del síntoma para que el sujeto pueda llegar a actuar conforme a su deseo.
Implica entonces un desafío para una mirada psicoanalítica del asunto el no convertirse o plegarse al discurso tranquilizador y de absoluta certeza que se despliega en las comunidades terapéuticas.
¿Cómo insertarse entonces sin desvirtuar los ejes de la técnica y a la vez observando que en esta temática juegan variables que hacen que la transferencia, la demanda, la contratransferencia en otros dispositivos analíticos tengan ciertas vicisitudes?
En el quehacer desde una perspectiva global aparece lo comunitario como forma alternativa de resistencia que sabotean ese lugar de vacío, agujero, de desconocimiento, este lugar de angustia y pregunta, estos focos encarnado a veces en los pacientes, lo que sería esperable pero básicamente encarnada en el staff, operadores o directores que juegan en este espacio para tranquilizar al paciente de toda aparición o emergencia de angustia con su consecuente deseo de drogarse.
En momentos aparece como peligro más que el deseo de drogarse, el peligro a la pérdida de una identidad, que sostiene este “ser drogadicto”.
Es justamente en este modelo, que entendida esta dudosa descripción de auto-denominarse “ex – adictos” a los sujetos que han transitado el camino de la dependencia. Pero entonces debemos ignorar o más aún abandonar una posible operatividad del psicoanálisis en el seno de las comunidades terapéuticas? Realmente creo que si eso sucediera estaríamos desperdiciando no sólo un rico arsenal conceptual y técnico que esta disciplina nos da sino que perderíamos la posibilidad de atravesar cierta barrera que a mi entender existe en la comunidad terapéutica a la hora de subjetivar las problemáticas adictivas de los diferentes sujetos que allí habitan.
Me pregunto entonces conceptos tales como TRANSFERENCIA que designa al proceso en virtud del cual los deseos inconcientes se actualizan sobre ciertos objetos, dentro de un determinado tipo de relación establecida con ellos y de un modo especial dentro de la relación analítica. Es decir se trata de una repetición de prototipos infantiles vividos con un marcado sentimiento de actualidad.
TRAUMA PSÍQUICO
Que se refiere a acontecimientos de la vida del sujeto caracterizado por su intensidad, la incapacidad del sujeto de responder a él adecuadamente y el trastorno y los efectos patógenos duraderos que provoca en la organización psíquica.
CONTRATRANSFERENCIA
Referido al conjunto de reacciones del analista frente a la persona del analizado y especialmente frente a la transferencia de éste.
Estos y otros importantes conceptos que el psicoanálisis son de alta utilidad en el trabajo clínico de la comunidad terapéutica aunque en la mayoría de los casos no sea explicitado su uso.
Tal vez este desencuentro entre el psicoanálisis oficial y la comunidad terapéutica venga de vieja data aunque los actores actuales de este entredicho ni siquiera se hayan enterado, quizás por falta de interés.
Convendrá entonces meternos un poco en la historia: Sigmund Freud ya en julio de 1884 escribe un apasionado artículo “sobre la coca”, el primero que escribió sobre el tema, Freud ofrece al lector una enorme cantidad de datos sobre la historia de la utilización de esta planta en Sudamérica, su exportación a Europa, sus efectos sobre los seres humanos y los animales y sus múltiples usos en terapéutica.
Incluye además detalles de descripciones de investigaciones realizadas por muchos autores. Ya en ese momento aparecen algunos indicios que apuntan hacia las propiedades anestésicas de la droga y las esperanzas que en ese sentido hace concebir, aunque no llegue a hablar de las aplicaciones concretas.
El Freud de esa época está a favor del uso de la coca y en algunos momentos se muestra casi entusiasta en sus alabanzas.
Sabemos sin embargo que posteriormente abandona esas alabanzas por una experiencia fallida y más aun que en algún trabajo termina pensando que los pacientes adictos son inasibles para la terapéutica psicoanalítica. Tal vez este último concepto es el que haya impedido un acercamiento mayor entre el psicoanálisis y las comunidades terapéuticas.
Otro de los desencuentros podemos encontrarlos en el encuadre psicoanalítico que al decir de Fernando Ulloa: “es un conjunto de leyes cuyo cumplimiento es suministro superyoico de respetabilidad y prestigio profesional, y cuyo abandono – aún no arbitrario- adquiere un sentido contrario, y favorece para que el analista lo utilice espuriamente, proyectando en el mismo sus propias limitaciones”.
Aquí, entonces la palabra clave es dispositivo psicoanalítico: en tanto el encuadre son las reglas necesarias para un trabajo analítico, el dispositivo lo incluye, ya que es un artificio que propicia poner en evidencia modos de funcionamiento de la psique que difícilmente se movilizarían en un análisis clásico. Para ello es necesario afinar los diagnósticos clínicos y de situación para evaluar la pertinencia del dispositivo psicoanalítico a implementar en cada caso a través de una serie de entrevistas. La instalación del dispositivo implica siempre el establecimiento de ese marco que es el encuadre, que a la vez da las condiciones de posibilidad de funcionamiento del espacio analítico.
De todos modos y a modo de homenaje quisiera celebrar la intención de muchos colegas que a pesar de estos desencuentros incluyen la mirada psicoanalítica en su quehacer diario en las comunidades terapéuticas. El desafío complejo es trabajar psicoanalíticamente con la subjetividad hoy. Los sufrimientos de la subjetividad actual no se acomodan en el diván. Parafraseando a Fernando Ulloa, nuestro desafío consiste en dejar de practicar teorías y repetir encuadres para teorizar las nuevas prácticas que dan respuestas pertinentes a los padecimientos específicos de los tiempos que corren. Freud no hizo otra cosa hace un siglo.
Este trabajo fue presentado en el Congreso sobre temáticas de la asistencia en drogadependencia en la provincia de Córdoba.
* Por Lic. José Rshaid, conductor de «De la Cabeza» (sábados 21 hs, por Cooperativa la 770)